Cuando el síntoma habla: acompañar al niño y adolescente desde la Terapia Gestalt

En la infancia y la adolescencia, los síntomas —sean emocionales, conductuales o físicos— son muchas veces la forma que tienen los niños y adolescentes de expresar algo que no pueden comunicar de otra manera. Desde la Terapia Gestalt, no se consideran simples “problemas que hay que eliminar”, sino mensajes que buscan ser escuchados. Cada conducta, cada emoción intensa o cada malestar puede entenderse como una expresión de una necesidad, de un conflicto interno o de un desequilibrio en el contacto con el entorno.

El enfoque gestáltico, con su énfasis en el aquí y ahora y el contacto auténtico, invita a mirar más allá del síntoma para comprender qué función cumple en la vida del niño/a o adolescente. El síntoma, en este sentido, se convierte en una puerta de entrada a su mundo interno, no en un enemigo a vencer.

Síntomas del desarrollo y señales de alerta

Durante el desarrollo, es natural que aparezcan manifestaciones emocionales o conductuales que reflejan los ajustes propios de cada etapa evolutiva. Por ejemplo, rabietas, celos o miedos nocturnos en la infancia, cambios de humor, tendencia al aislamiento temporal en la preadolescencia o búsqueda de independencia en la adolescencia. Estas expresiones son parte del crecimiento, siempre que sean transitorias y adaptativas.

Sin embargo, cuando los síntomas se mantienen en el tiempo o afectan de forma significativa el bienestar pueden señalar la necesidad de acompañamiento terapéutico:

  • Cambios bruscos y sostenidos en el estado de ánimo.
  • Aislamiento social prolongado o pérdida de interés en actividades habituales.
  • Conductas agresivas o autodestructivas.
  • Somatizaciones persistentes (dolores de cabeza, de estómago, etc. sin causa médica clara).
  • Dificultades para dormir o alimentarse.
  • Miedo excesivo o ansiedad que interfiere con la vida diaria.
  • Desmotivación escolar o descenso repentino del rendimiento académico.

En estos casos, no buscamos etiquetar ni patologizar, sino que acompañamos el proceso que el síntoma revela. Inspirada en Violet Oaklander, esta mirada reconoce que el juego, el movimiento o el dibujo son medios naturales de expresión; si estos se inhiben, el síntoma habla por el niño/a. Nuestro objetivo será caminar junto a él/ella en su proceso de descubrimiento, permitiendo que el síntoma “descanse” al ser comprendido.

Recomendaciones para acompañar a nuestros hijos/as:

  1. Escucha de forma empática. Trata de comprender lo que el niño/a está expresando en lugar de buscar eliminarlo de inmediato. Detrás del enfado, el miedo o la tristeza suele haber algo que necesita ser atendido.
  2. Valida las emociones. Reconoce y nombra lo que siente. Frases como “entiendo que estés enfadado/a” o “parece que esto te da miedo” ayudan a que se sienta visto/a y comprendido/a.
  3. Evita las etiquetas. Las etiquetas (“es rebelde”, “es tímido”, “es caprichoso”, etc.) pueden reforzar el síntoma y limitar la comprensión. Intenta observar la situación sin juzgar su conducta.
  4. Ofrece presencia, antes que soluciones. No siempre hace falta una respuesta inmediata. A veces basta con estar ahí, mirar, abrazar, escuchar, sin exigencias.
  5. Busca apoyo profesional si el malestar persiste. Cuando los síntomas se vuelven intensos o duraderos, un acompañamiento terapéutico puede facilitar el equilibrio emocional y familiar.
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