El arte de mirarse con amabilidad. Cuando mirarte es volver a ti y no juzgarte

Hay días en los que mirarte al espejo no es realmente mirarte. Te observas, sí… pero desde lejos. Desde una voz que no nació contigo, aunque hoy suene tan familiar que casi la confundes con tu identidad. Una voz que evalúa, compara, exige, corrige. Que te señala lo que “falta”, lo que “sobra”, lo que “deberías ser”, lo “que estaría mejor”. Y lo hace tan rápido que ni siquiera te detienes a preguntarte si eso que te dices es justo, verdadero, útil o cuidadoso para ti.

Muchas veces creemos que estamos viendo nuestro cuerpo, nuestra imagen o nuestra forma de estar en el mundo… En realidad estamos viendo historias. Historias aprendidas en vínculos, en miradas ajenas, en contextos donde tal vez ser suficiente no era una opción, sino una meta inalcanzable. Aprendimos a mirarnos desde fuera, desde el juicio, desde la exigencia, porque quizá en algún momento eso fue una manera de adaptarnos, de pertenecer a un grupo, de protegernos…

Personas muy distintas entre sí, sin embargo, comparten algo esencial, un diálogo interno muy duro, automático y normalizado, poco compasivo consigo mismos/as. Una forma de tratarse que no elegirían para nadie a quien quieren, pero que aplican consigo mismos/as casi sin darse cuenta. Esa crítica no aparece porque sí. Es un hábito aprendido. Un reflejo que en otro tiempo pudo tener sentido, al ayudarte a encajar exigiéndote ser como los demás; a no destacar para no molestar a otro/as; a no fallar a otras personas –aunque, incluso, si lo hagan contigo-; a evitar un dolor mayor si no formas parte, si te quedas solo/a… El problema es que hoy, lejos de ayudarte, te aprieta. Te reduce. Te desconecta de lo que sientes y necesitas. Te empuja a vivir en lucha contigo, alejándote de ti mismo/a, alejándote de lo que para ti es genuino, de lo que para ti tiene sentido.

Ese diálogo interno se cuela en lo cotidiano, por ejemplo, cuando haces algo “bien” pero “no es suficiente”; cuando descansas y aparece la culpa; cuando te equivocas al tomar una decisión y te hablas como si tu no tuvieras derecho a fallar; cuando sigues adelante aunque estés agotada/o, ignorando las señales de tu cuerpo; cuando sientes que no quieres ir a esa fiesta y te sientes obligado/a a dar explicaciones o “inventar” excusas para no ir, en vez de simplemente decir: “Hoy no me apetece estar en la fiesta”, por temor a que no cuenten más contigo o lo que piensen de ti.

No es solo lo que te dices, es cómo te lo dices y desde qué lugar te miras. No sufrimos tanto por lo que pensamos, sino por cómo nos relacionamos con esos pensamientos. Cuando tomamos cada juicio como una verdad absoluta, cuando obedecemos automáticamente a la exigencia, cuando confundimos valor personal con rendimiento, apariencia o control, el coste es alto. Se resiente el cuerpo, el ánimo, los vínculos, la capacidad de disfrutar y de estar presentes en nuestra propia vida.

Parte del proceso terapéutico —y vital— no consiste en aprender a “callar la mente” ni en “pensar en positivo”. Eso no es realista. Se trata, más bien, de empezar a darnos cuenta. De notar cuándo el juicio toma el volante. De reconocer cuándo dejamos de habitarnos para evaluarnos. De preguntarnos desde qué parte de mí me estoy mirando ahora mismo: ¿desde el miedo?, ¿desde la exigencia?... quizá cabe plantearnos si en numerosas ocasiones, aun hoy, puede que ¿te hables desde una voz antigua que ya no sientes que te represente?

Auto respeto no es hacerlo todo perfecto. Es escuchar cuando algo duele. Es poner límites a otros/as e incluso a uno/a mismo/a. Es aceptar que no siempre vamos a poder, que equivocarnos forma parte de vivir y aprender. Honestidad con una/o misma/o es dejar de maquillarnos la realidad interna, dejar de forzarnos a estar bien cuando no lo estamos, dejar de traicionarnos para cumplir expectativas externas que no nos satisfacen, que a nosotros/as no nos sirven. Responsabilidad no es castigarnos, sino hacernos cargo de cómo nos tratamos y de las decisiones que tomamos cada día, incluso aquellas que consideramos “pequeñas decisiones”.

Cuidarte no es un lujo ni un premio por haber rendido suficiente. Es una práctica, es un “entrenamiento”, es un posicionamiento en la vida. A veces cuidarte será parar o tomar distancia de alguna situación o persona. Otras, será pedir ayuda. Otras, permitirte fallar sin convertir ese fallo en una condena personal. Darse tiempo y espacio no es rendirse; es respetar los propios ritmos (-y ello también supone respetar los de otro/as, aunque no nos guste).

Mirarte con más amabilidad no significa conformarte ni dejar de crecer. Al contrario, es desde un vínculo interno más seguro y sincero contigo,  desde donde se producen los cambios que perduran, que nos hacen madurar, crecer y explorar nuevas alternativas que quizá antes, ni nos planteábamos. Cambios que nacen del deseo de estar en coherencia contigo, no del miedo a no ser válido/a o no pertenecer, o aquello que sea para ti.

Quizá el verdadero giro no esté en preguntarte “¿cómo me veo?”, sino “¿desde dónde me estoy mirando?”. Si desde hoy eliges mirarte con un poco más de suavidad, con curiosidad en lugar de juicio, con paciencia en lugar de prisa, algo puede empezar a ordenarse por dentro. No de golpe. No mágicamente. Sino paso a paso, incluyendo los días en los que esos pasos, también supongan repetir y equivocarte, o simplemente, parar…para continuar dando pasos, después de tomar impulso.

Porque la relación contigo misma/o es la más larga, real y profunda que vas a tener. Eres la única persona que siempre va a estar contigo. Y merece ser un lugar donde puedas descansar, equivocarte, darte cobijo, reconfortarte, aprender y volver a andar. Dando espacio para estar contigo, relacionarte con lo que va sucediendo en cada momento y volviendo a ti, sin perderte a ti.

Tal vez puedas preguntarte: ¿Qué necesito ahora para tratarme con un poco más de respeto?
O ¿qué parte de mí necesita hoy cuidado?, ¿de qué manera puedo tenerme en cuenta y dármelo?

En las preguntas honestas que comenzamos a hacernos —aunque a veces nos incomoden o, incluso, nos den vértigo— empieza el movimiento. No para exigirte respuestas inmediatas, sino para caminar hacia ti con más coherencia y cuidado, acompañándote sin luchar contigo, sin forzarte, sin echarte un pulso.

Image
Registro Sanitario nº4623
Enlaces de interés
Teléfonos
928 253 614
616 982 865
Horario de atención

Lunes y Miércoles:
de 8:00 a 14:00 y de 16:00 a 18:00
Martes y Jueves:
de 10:00 a 14:00 y de 16:00 a 20:00
Viernes:
de 8:00 a 16:00
Email de contacto
info@institutocanariodepsicoterapia.com
Ubicación
Calle Mesa de León, 4
35001 Las Palmas de Gran Canaria

© 2022, Instituto Canario de Psicoterapia, por Veracis Sistemas