La mayoría de las personas estamos de acuerdo en el valor y la importancia que tiene el establecer y respetar los límites. Cuando hablamos de límite pensamos en algo que delimita, que establece una frontera, el final de algo. Por ejemplo, donde termina un territorio y empieza otro, donde terminan mis funciones como profesional, hasta donde llega mi responsabilidad y empieza la del otro. Estos límites pueden estar claros, por ejemplo, si hay una señal en la vía que marca una velocidad máxima sabemos que no la podemos sobrepasar y si lo hacemos tendremos que asumir las consecuencias que esa decisión conlleva. Pero cuando hablamos de las relaciones humanas, a veces los límites no están tan claros, o nos cuesta definirlos, o una vez definidos nos cuesta mantenerlos o llevarlos a la práctica.
Los límites personales hacen referencia a las reglas internas que establecemos para proteger la salud física, emocional y mental en las relaciones. Son una forma de comunicar hasta dónde se puede llegar y qué aceptamos o toleramos, definiendo así nuestro espacio personal. Para llegar a establecer estas reglas es necesario que me conozca, que tenga una idea de quien soy, cuáles son los valores que me guían, qué me gusta y qué no, cuales son mis preferencias y expectativas. Ya que, desde todo lo que conozco de mí y siento que soy es que me voy a relacionar con el entorno.
Entre los muchos beneficios que tiene el establecer límites, encontramos que:
- Son una manera clara de expresar expectativas, preferencias y necesidades.
- Ayudan a proteger el bienestar emocional y a organizar el mundo interno.
- Favorecen crear vínculos más equilibrados y auténticos.
- Comunicar los límites de manera asertiva favorece que se construyan relaciones más respetuosas y satisfactorias para ambas partes.
- Son un acto de autocuidado.
Sin embargo, teniendo tantos beneficios, frecuentemente cuesta mucho ponerlos. A veces por miedo a dañar a la otra persona, a veces por miedo al conflicto, otras por miedo al rechazo, al abandono o por heridas emocionales que acompañan nuestra historia vital.
De la misma forma que la piel física envuelve y protege el cuerpo, definiendo la frontera en la que termino yo y empieza el mundo y viceversa, la piel psíquica habla de la construcción de un “envoltorio” mental que protege, contiene y organiza la vida emocional. Podríamos decir que actúa como una membrana psicológica que regula lo que entra y sale del mundo interno.
Terry Real habla del límite psicológico como una piel simbólica que protege al yo de invasiones externas pero también regula lo que de nuestras emociones internas mostramos al mundo. Es decir, existe una parte “externa” del límite que nos protege del mundo y una parte “interna” que contiene lo que somos para no desbordar al mundo. Por tanto, al crear los límites estoy creando mi forma de relacionarme con el mundo y también mi forma de relacionarme con mi interior.
Podemos diferenciar dos tipos:
- Límites de protección cuya función es filtrar lo que entra y lo que no en mi mundo interno. Cuando este límite es poroso no hay filtro y lo que viene del exterior me impacta y me define (lo observamos en una tendencia a la dependencia emocional, a complacer, evitar conflicto, miedo a que el otro se aleje...). Cuando el limite de protección es rígido creo un muro y no dejo entrar nada, me aislo.
- Límites de contención que impiden que nuestro contenido interno salga sin filtro. Cuando este límite es poroso no controlo la expresión de mis emociones. Cuando es rígido no muestro lo que siento o necesito y como consecuencia la otra persona no puede saber qué me pasa. Ambos límites cuando son sanos son flexibles y permiten la conexión y el intercambio, al mismo tiempo que tienen la consistencia suficiente para filtrar lo que quiero que entre y lo que quiero que salga.
Si te paras a observarte ¿cómo dirías que funcionan estos límites en tí? ¿Dónde te reconoces más?, ¿en lo rígido....en lo poroso...? ¿Tal vez rígido en uno y poroso en otro? , ¿Cambia según el contexto?
En esta tarea de tomar conciencia de los propios límites te sugiero:
-Observar las sensaciones corporales, las emociones y los pensamientos que se activan en las interacciones cotidianas y en situaciones de conflicto.
-Observar qué relaciones, qué situaciones, qué estados internos hacen que los límites sean porosos o rígidos.
-Dar tiempo para evaluar si lo que te dice la otra persona habla de tí o no. Si concluyes que no habla de tí, decidir si lo dejas entrar o no.
-Desde lo somático, tomar conciencia de la piel que delimita tu cuerpo, puede ser desde un automasaje y sentir el espacio que ocupas.
Crear límites desde el respeto y la responsabilidad nos da la oportunidad de vincularnos sin perdernos.



